Descubriendo Marruecos: cultura, comercio local y experiencias únicas
- Sabotigueta
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Nuestro viaje a Marruecos empezó en Marrakech, una ciudad llena de vida. Durante los tres días que pasamos allí, disfrutamos de la arquitectura tradicional, los mercados llenos de color y la gastronomía marroquí. La plaza Jemaa el-Fnaa, con su constante transformación, nos cautivó. Un puesto, en particular, nos robó el corazón: los trabajadores se habían aprendido un par de frases en catalán y, cuando decidimos cenar allí, nos cantaron “la lluna i la pruna”. ¡Ese puesto estaba lleno de catalanes y fue divertidísimo!
Dormimos en el barrio de las Caixbes , un barrio muy auténtico y alejado del bullicio turístico de la Medina. Después del primer impacto, te das cuenta de que es un barrio seguro. Tiene un encanto tradicional, con pequeñas tiendas que venden productos locales, sin ningún comercio pensado para extranjeros. Hay muchos mini almacenes de solo 4 m² donde venden los productos diarios necesarios, pequeños quioscos y hasta un taller de costura donde no cabía ni un alfiler… Esta convivencia con el comercio local nos hizo sentirnos muy inmersos en la vida marroquí, y nos encantó.
Cada mañana paseábamos entre los puestos, que se montaban en dos minutos: abrían unas puertas de madera y, con cuatro cajas, ya tenían una pequeña verdulería que solo vendía tomates. Había muchas tiendas específicas: pequeñas tiendecitas donde solo vendían huevos, y mujeres sentadas en el suelo que montaban una pequeña mesa para vender el pan que hacían en casa...
Después de visitar Marrakech, contratamos una agencia que nos llevó a los cuatro en un 4x4 de ruta hasta el desierto. La ruta fue espectacular, con paradas en el palmeral y en el pueblo de Aït Ben Haddou, famoso por ser el escenario de muchas películas, algunas de las cuales aprovechamos para ver por las noches. Visitamos antiguas caixbes, y una en concreto me fascinó: no estaba vigilada ni señalizada, y nuestro guía nos llevó allí. Era como estar en medio de unas ruinas, solos, sin nadie…
Finalmente, llegamos al desierto de Zagora, donde hicimos el típico paseo en dromedario hasta las jaimas. ¡Nos reímos tanto con los dromedarios! Me preocupaba no poder controlar si estaban bien cuidados (hay aspectos del viaje que no puedes controlar), pero, al parecer, todo estaba correcto. Lo mejor del desierto fue, sin duda, el atardecer y el amanecer. Sin embargo, creo que la noche estrellada fue aún más mágica: ver aquel cielo tan puro e inmenso… Esa sensación de pequeñez, de aceptar que no somos nada.
Durante el regreso a Marrakech, visitamos un pueblo conocido por su tradición en la cerámica, Tamgroute. Los talleres de cerámica de Tamgroute se han conservado casi iguales desde su construcción a mediados del siglo XVII, y se consideran de los más antiguos de Marruecos.
Decidimos hacer esta parada, y fue una de las experiencias más sorprendentes del viaje. Casi no logramos verlo, pero nuestro guía habló con un habitante y nos pidió que le siguiéramos. Recorrimos el “Ksar”, un laberinto de callejones dentro de las caixbes, con gruesas paredes de adobe. ¡Era increíble, parecía un auténtico laberinto! Llegamos a un patio donde reposaba el barro, recogido de la base de las palmeras. Allí mismo estaban los tornos con los que moldeaban las piezas con ese barro tan natural y lleno de imperfecciones, y, al lado, los hornos de piedra, alimentados con leña de palmera y hierbas del desierto.
Sin controlar temperaturas, trabajaban con el efecto sorpresa de las piezas: el pigmento en crudo, de color negro, una vez cocido adquiría un tono verdoso, dejando un resultado único después de cada cocción. Ese tono me recordó a las baldosas tradicionales de la Bisbal. De hecho, en Cadaqués hay muchas cocinas y canalones de agua pluvial con ese vidriado característico de la Bisbal. Nos sorprendió ver cómo siguen utilizando técnicas tradicionales con hornos a ras de suelo y fuego directo, creando piezas rústicas con un encanto especial.
El último día hicimos una actividad para terminar el viaje. Fue un momento divertido: un curso de cocina en un riad familiar. Fue curioso convivir por un rato con ellos, en su casa. Preparamos dos ensaladas, un tajín y un postre con granadas, y luego nos lo comimos. Pasamos toda la tarde en la azotea del riad, la casa familiar. Fue una experiencia muy cercana que nos hizo sentir como en casa.
Uno de los aspectos que más me impactó desde el primer momento camino a nuestro riad fue la relación con los gatos. Hay muchísimos gatos muy cercanos a los humanos, sin miedo, pero muchos de ellos en muy malas condiciones.
Me sorprendió la relación con los animales de compañía en general, ya que forman parte del entorno de una manera muy distinta. En cuanto a los gatos, en Marrakech hay muchísimos, la mayoría muy jóvenes (se nota que sobreviven los más fuertes) y muchos con la cola peluda, como los gatos salvajes. En nuestro barrio fue duro ver que muchos estaban en malas condiciones, pero pronto te das cuenta de que no puedes hacer nada, porque hay muchos. La mayoría se te acercan y no tienen miedo, a diferencia de los de aquí, que suelen ser más desconfiados.
En cuanto a los perros, vimos pocos, y normalmente iban solos en manadas por los alrededores. Los que vimos eran dóciles y nada agresivos. Me pareció curioso que nadie los tuviera como animales de compañía: no vimos a nadie paseando perros, lo cual me sorprendió.
Otro tema que me hizo reflexionar fue el comercio local, especialmente la tradición y la cercanía del comercio en general. Me recordaba a los mercados itinerantes que tenemos aquí una vez por semana, pero allí es algo de cada día. Me sorprendió ver cómo gran parte de la población vive del comercio local, y si sumamos los zocos turísticos, te das cuenta de que hay un tejido comercial muy activo, muy distinto del que nos queda aquí. Hay muchas pequeñas tiendas que venden productos muy específicos; cada mañana pasábamos por una tienda que solo vendía huevos.
Este modelo contrasta con nuestra realidad, donde cada vez hay menos pequeñas tiendas y más centros comerciales o grandes almacenes. Aquí, la regulación es estricta, y no digo que esté mal que haya normas, pero me hizo pensar si, por culpa de tanta regulación, hemos acabado perdiendo parte del tejido comercial local.
Nuestro viaje a Marruecos ha sido intenso y muy completo. Los primeros días en Marrakech, paseando por el zoco y comprando casi sin querer, han sido muy divertidos. Las niñas se lo han pasado muy bien, y nos hemos reído muchísimo. En el zoco, casi te obligan a entrar a las tiendas, y tienen respuesta para todo. ¡Qué risa el primer día y qué estafa! Compramos el jabón de manos más caro que hemos tenido nunca, y eso que allí todo es económico. Ha sido toda una experiencia, y seguro que volveremos. Nos ha encantado y sabemos que aún nos queda mucho por descubrir: Fez, Tánger, Dakhla… Es de las veces que dejo un país con más ganas que nunca de regresar.
Su gente es muy amable, la comida es distinta pero con rasgos muy similares a nuestros platos tradicionales, como la escudella y carn d’olla. A mí me recordó mucho a la vida de pueblo, a los veranos de cuando era pequeña en el pueblo de mi padre, donde todos hacían vida en la calle. Y los riads se parecen mucho a la casa de mis tías, desde el patio interior hasta los azulejos. Nos ha hecho desconectar totalmente y nos ha dejado muchas reflexiones. Es un país que recomiendo por su seguridad, hospitalidad y las experiencias únicas que ofrece. Sin duda, volveremos.
Esther
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